LA “BALLENA AZUL” NO ES UNA BALLENA ALEGRE - Blog Educación en valores e innovación

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LA “BALLENA AZUL” NO ES UNA BALLENA ALEGRE

Internet tiene un poderoso poder de persuasión y convicción y las redes sociales se convierten en un sistema de apoyo, en especial para adolescentes que tienen sentimientos de inseguridad y de aislamiento. Los psiquiatras llevan cerca de dos años advirtiendo que cada vez se ven más jóvenes tentados a producirse daño, con autolesiones corporales y abundantes cortes de los que llegan a presumir en las redes.

El caso que ha saltado a los medios y ha dado la alarma es el de “La Ballena Azul”, un juego en línea difundido a través de internet desde mayo de 2016 y que fue creado por un ruso llamado Philipp Budeikin, un exestudiante de psicología expulsado de su universidad. La denominación del juego deriva del fenómeno de los varamientos de las ballenas desorientadas que mueren en las playas, algo similar al suicidio. Fue lanzado a la red con la intención de atraer a jóvenes igualmente desorientados o “perdidos”, y consiste en iniciar un proceso de 50 “pruebas” o “retos” cuyo último paso es el de quitarse la vida. 

Este juego macabro hay dos tipos de jugadores, los “administradores” y los “participantes”. Los que participan deben completar una tarea diaria decidida de antemano, o en el mismo día, por los administradores. Dichas tareas implican varios tipos de sufrimiento: autolesiones, conductas de riesgo, ver películas de terror y psicodelia, crearse enemigos, ir de noche a una vía de ferrocarril, no hablar con nadie en todo un día, amenazas a familiares, etc. La última tarea es el suicidio. Es pues una escala de conductas programada para producirse daño, desconcierto, dolor, aislamiento y confusión que conducen irremisiblemente a la etapa final, la de quitarse la vida. Se trata de una invitación pautada de cómo acabar con uno mismo guiado por unos administradores expertos en provocar en los jóvenes una desolación interior, tan aguda y angustiosa que sólo puede ser resuelta haciéndose desaparecer.

La primera pregunta que nos viene a la mente es qué propósito tenía el creador de este juego letal, y la respuesta la dio el propio autor ante los jueces: “limpiarla sociedad empujando al suicidio a quienes él consideraba como “inútiles”. En el juicio que le hicieron le declararon culpable de promover suicidios y fue condenado a tres años y cuatro meses, a pesar de haber reconocido su influencia directa en 17 casos de suicidio. Curiosamente todos los que empezaron el juego, jóvenes con problemas sociales de adaptación, conflictos con los padres, experiencias de desamor, depresión, etc., sabían que el juego terminaba con la prueba final de matarse, y aun así se dejaron llevar de la mano hacia ese final, siguiendo unos pasos o “retos” que les estaban enfilando como corderos hacia el matadero.  

En España la policía del País Vasco pudo frustrar el pasado mes de Agosto un suicidio colectivo de adolescentes a escala internacional. Había sido pactado por Internet y debería haber tenido lugar el día 17 de ese mes. A través de la red social Instagram pedían a las futuras víctimas que se lesionaran para demostrar su implicación. Este caso no parece que tuviera relación con el fenómeno de la Ballena Azul, pero da una nueva señal de aviso sobre lo alarmante de este tipo de delitos informáticos que representan una amenaza especial para la población más vulnerable, los niños y adolescentes que acceden a estas iniciativas grupales con origen en las redes sociales. La mayor parte de esa población ignora los auténticos riesgos que esconden y cómo pueden ser conducidos hacia el abismo. La OMS advierte que la segunda causa principal de defunción de los jóvenes entre 15 y 29 años es el suicidio, y no cabe duda que las tendencias perniciosas llevadas al extremo que se promueven en algunas redes sociales pueden derivar en una tentativa de acabar con la propia vida.

¿Cómo explicar la tendencia a practicarse autolesiones? Para la Fundación ANAR lo que explica esas conductas de daño inflingido a uno mismo es la autorregulación emocional, el intento de desplazar el malestar emocional al físico para soltar tensión: ante la imposibilidad de resolver los problemas algunos jóvenes huyen a través de la autolesión y lo transforman en un fenómeno adictivo con el que consiguen reducir la ansiedad. Cuando los adolescentes se hacen daño a ellos, o se lo hacen a sus parejas, están tratando de llamar la atención de una forma arriesgada (incluso cuando esconden y disimulan en las axilas y en los genitales las heridas que se producen) hacia un malestar interno que no saben solucionar. Son intentos desesperados de mitigar y minimizar ese malestar por un tiempo.

El psiquiatra pediátrico Fernando Pino indica que los adolescentes recurren a este tipo de juego debido a que tienen sentimientos de “inseguridad y de aislamiento”, y eso hace que las redes sociales se conviertan en su sistema de apoyo. Las redes sociales ejercen un efecto llamada tanto para este fenómeno como para los desórdenes alimentarios y la obsesión por la imagen. Por ejemplo, modas como las denominadas “thigh gap”, “collarbone challenge”, “bellybutton challenge”, “cintura Din A4” o “Ab crack” crean comportamientos imitativos, y son seguidas por adolescentes que están buscando un paradójico bienestar, convencidos de que así se sentirán mejor. Es cierto que los problemas que llevan a los jóvenes a sufrir este tipo de modas  provienen de hace tiempo, pero ahora las redes sociales actúan como altavoz y consuelo y el feedback se multiplica y retroalimenta.

¿Es posible hallar una solución eficaz frente a estos fenómenos? Ante todo no hay que olvidar que los problemas emocionales han sido una constante de la adolescencia. En el caso de las autolesiones y agresiones el joven está sufriendo episodios emocionales desagradables y negativos, y lo que hace a través de foros de Internet  y redes sociales es copiar y aprender cómo hacerse cortes, etc. Para prevenir el influjo nocivo de las redes sociales hay iniciativas como la de Cultura Digital (http://www.gipuzkoangazte.eus/es/cultura-digital), que ofrece recursos para integrar, de forma enriquecedora e igualitaria, el uso de la red y las nuevas tecnologías en el proceso de formación y desarrollo personal de niños, adolescentes y jóvenes, proporcionándoles las herramientas necesarias para que puedan desenvolverse con seguridad en el mundo digital.  

No obstante no hay que perder de vista que el núcleo del problema es siempre interno, y por eso el esforzarse en educar al adolescente a conocerse a sí mismo, a comunicarse de forma competente y a desarrollar una buena autoestima promoviendo su necesidad de logro en objetivos que tengan sentido, son la base irremplazable de una prevención eficaz. Dejar a los adolescentes inermes ante el escaparate “deslumbrante” de las ofertas de las redes sociales, sin haber trabajado de forma concreta con ellos esas destrezas emocionales y sociales que afiancen su capacidad de alcanzar un correcto control emocional, es correr el riesgo de que busquen “soluciones alternativas” en ese laberinto de confusión y decadencia que pulula en la red. 

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